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diciembre 17, 2020

Yocelyn Carrizales: Ruego a Dios que no me regresen muerto a mi esposo

Un niño de 8 años le pregunta a su mamá si su papá está muerto, le pide que le diga la verdad. Se  lo preguntó en 2018, en 2019 y otra vez este año, cada vez que el teniente coronel del Ejército Igbert Marín Chaparro ha estado incomunicado por varios meses en los sótanos de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) de Boleíta, donde ha estado privado de libertad desde marzo de 2018.

Yocelyn Carrizales es la esposa de Marín Chaparro y madre de ese niño que no entiende por qué si su papá es el militar con el índice académico más alto en la historia de la Academia Militar de Venezuela y es un buen hombre, amable, cariñoso y correcto está preso, pero menos comprende por qué si está preso tampoco lo puede ver ni abrazar y muchas veces ni siquiera escuchar su voz por varios meses. De allí sus temores a no verlo más, a que lo peor haya ocurrido sin él saberlo. Ese niño tiene una hermanita de 3 años que era una bebé de 10 meses de nacida cuando a su papá se lo llevaron detenido de su lugar de trabajo, en el Batallón Juan Pablo Ayala, en Fuerte Tiuna, Caracas.

Marín Chaparro no fue el único detenido, fue trasladado junto con otros ocho compañeros a la sede del Ministerio de la Defensa donde se reunieron directamente con el titular del despacho, Vladimir Padrino López, y los generales Jesús Suárez Chourio e Iván Hernández Dala. La noche siguiente fueron llevados a los sótanos de la DGCIM de Boleíta, de donde Marín Chaparro no ha salido en casi tres años. Inicialmente lo señalaron de los delitos de traición a la patria, instigación a la rebelión y contra el decoro militar, a él y a los otros ocho oficiales que integran la causa, pero cuatro meses después en la audiencia preliminar les eliminaron el delito de traición a la patria.

“Un día después de ser detenido llama y me dice que vaya para el Ministerio de la Defensa con los niños y sus padres porque lo iban a trasladar para Boleíta. Cuando él me dice se me pasaron mil millones de cosas por la cabeza, y lo más temido se hizo realidad. Cinco días después él hace una llamada y me dice que va a ser presentado en el Tribunal Tercero de Control”, recuerda la esposa.

Yocelyn Carrizales además de ser la esposa del teniente coronel Marín Chaparro también forma parte de su defensa. Recuerda con detalles cada audiencia. De la primera, a siete días de la detención, resalta las condiciones en que llegaron su esposo y sus ocho compañeros de causa al Tribunal Tercero de Control: “Nadie me lo contó, yo lo vi. Los recibimos visiblemente maltratados, torturados; algunos  oficiales presentaron fracturas y fisuras en las costillas, tobillos, rodillas, en la espalda. Mi esposo tenía golpes en la cabeza y en otras partes del cuerpo, lo habían encapuchado y le echaron gas lacrimógeno, durmió todo esos días en el piso, le daban sobras de comida… pero una de las cosas más duras para él fue la tortura psicológica, él denunció en el tribunal que lo amenazaban con violarme a mí, con alejarme de los niños y llevarme presa”.

Después de esa primera audiencia de presentación Marín Chaparro, con 21 años de servicio en el Ejército, fue enviado a aislamiento, totalmente incomunicado. A mediados de mayo su esposa pudo verlo de nuevo. Él mismo le avisó que tendría visita en una breve llamada que le permitieron. Lo encontró con 5 kilos menos, no había tenido acceso a sus medicinas para la hipertensión.

Fue hasta julio de ese año, el día de la audiencia preliminar, cuando lo volvió a ver. Ese día se quedó fijo en su memoria como el recuerdo de una pesadilla que la persigue: “Parecía sobreviviente de un campo de concentración, llegó pesando 60 kilos, son casi 20 menos de su peso normal, hasta la secretaria del tribunal se quedó impactada”.

En el expediente no hay pruebas en contra de los oficiales, solo el vago testimonio de un militar que dijo en su declaración de tres minutos ante el tribunal que “presintió” que algo estaba pasando en el batallón a cargo de Marín Chaparro, aunque no vio ni tuvo conocimiento de nada irregular en concreto ni fue invitado a participar en algún alzamiento o revuelta.

Desde 2018 hasta los días que transcurren de diciembre de 2020 el teniente coronel Igbert Marín Chaparro ha pasado por tres aislamientos, completamente incomunicado, cada uno de entre tres y cinco meses. Tres veces la defensa ha pedido fe de vida. Tres veces en que solo les han recibido agua y algunas medicinas, pero no hay certeza de que le lleguen. 2020 ha sido un año de reveses para la salud del militar. Su año comenzó con su traslado a “La casa de los sueños”, un área estrenada con los albores del año. “El sótano del subsótano, aproximadamente 17 celdas de 3 metros por 2 cuando mucho que tienen una poceta en el medio, un lugar donde nadie desearía estar, mi esposo lo compara con la perrera municipal y dice que allá los perros están mejor”.

Su esposa y abogada asegura que una prueba confirmó que padeció COVID-19: “No recibió atención en su momento, y ahora como consecuencia padece una fibrosis pulmonar y ruido cardíaco arrítmico, las recomendaciones que le dieron cuando estaba moribundo en la celda era que tomara agua. ¿Sabes cómo se pudo curar la fiebre? Él sólo con agua, con su agua potable y un trapito que se ponía en la frente, lo volvía a mojar una y otra vez, así solo, sin que nadie lo ayudara, sin ninguna medicina, sin una pastilla. Solo”.

Pasado el aislamiento y logrado traslado de él y otros presos de la DGCIM a revisión médica en el Hospital Militar Vicente Salias Sanoja, conocido como “el Hospitalito”, el médico que lo atendió le dijo que si no fuese por las secuelas del coronavirus hubiese podido donar plasma, afirma su esposa. Además, actualmente tiene dos hernias umbilicales y una hernia inguinal, es hipertenso grado 2 y desde hace un tiempo comenzó a presentar pérdida de la visión por el ojo izquierdo. Aunado a eso vuelve a estar 20 kilos por debajo de su peso ideal, aunque se había recuperado en 2019 gracias a los esfuerzos de su madre y su esposa.

“Yo temo por la vida de mi esposo”, dice entrecortado mientras le ruedan las lágrimas “y ruego a Dios Todopoderoso todos los días, ya que es el único que nos puede ayudar porque hemos ido por todas las instancias posibles y nada, le ruego que no me lo regresen muerto después de haber luchado tanto y después de tantas historias que le he dicho a mis hijos”.

El teniente coronel Marín Chaparro tuvo la oportunidad de ser entrevistado por una comisión de la ONU que visitó la DGCIM en 2019 para constatar las condiciones de reclusión. Allí el militar relató detalles de lo vivido, afirma su esposa. Ella, a su vez, formó parte del grupo de familiares que se reunió con la Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet, en su visita a Venezuela en 2019. Ante la alta funcionaria contó la historia de su esposo.

“Uno de los que entrevistó a mi esposo habló conmigo y me dijo que lo más cercano a un campo de concentración son los sótanos de la DGCIM… No quiero emitir juicios de valor, sé que ellos están haciendo su trabajo, que han estado hablando con las autoridades para mejorar las condiciones y para que esto no suceda más, pero no he visto mayor cambio; aunque mi esposo tiene medidas cautelares de la CIDH desde 2018 cada vez que pasa algo o hay un evento es peor”, (vuelven las lágrimas y la voz entrecortada).

Cuando Marín Chaparro fue aprendido estaba cursando un doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela, de donde también obtuvo una especialización en Derecho Internacional Público y Privado, y en Relaciones Internacionales, en la cual se graduó Summa cum laude. Además,  era profesor de posgrado de la materia Mantenimiento de la Paz en la Facultad de Ciencias Políticas.

El 9 de noviembre pasado, casi dos años y medio después de la audiencia preliminar,  inició el juicio de los nueve oficiales que integran la causa de Marín Chaparro con dos delitos: instigación a la rebelión y contra el decoro militar.  

“No quiero perder la esperanza, en teoría nos quedan dos audiencias más antes de la decisión, no sé si los jueces ya tengan una orden, no quiero tampoco emitir juicios de valor al respecto, pero no quiero perder la fe porque es lo que me mantiene en pie… Si no le dan la libertad, Dios se la dará y hará justicia”, dice la esposa aguantando el llanto.  Lleva puestos dos rosarios que le hizo su pareja en prisión hechos con bolsas plásticas, uno tiene los colores de la bandera de Venezuela, el otro se lo hizo tras el último aislamiento.

Igbert y Yocelyn tienen 10 años de casados. Esta será la tercera Navidad en que sus dos hijos no podrán compartir con su papá porque está en prisión… Y todo por una presunción.

Al momento de la publicación de este trabajo el teniente coronel Igbert Marín Chaparro fue condenado a siete años y seis meses de prisión. Se ordenó su traslado a la prisión militar de Ramo Verde, pero fue devuelto a los sótanos de la DGCIM. Sin argumentos lo encontraron culpable del delito de instigación a la rebelión.

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